Es triste ver y darse cuenta que uno de los últimos reductos y trincheras de la cultura patriarcal y de extremo machista sigue siendo el arte. El cine, el teatro, la literatura, sus autores, directores y docentes (sin distinción de género, muchas lamentables veces) destilan, inculcan, propagan y defienden un status quo obsoleto y que va en contra de los derechos humanos más básicos. La xenofobia y el racismo son vistos como sacrilegios en estos reductos “pseudointelectuales”. No así las variadas formas que puede adoptar la discriminación y violencia de género; las cuales son aceptadas y naturalizadas con una sonrisita socarrona que una colega mujer, según ellos/as debería aceptar para no quedar como una amarga, o para no ser despedida de una clase o de un empleo.
Lo más vergonzoso es que estas discriminaciones y violencias sean disfrazadas, perpetradas y justificadas bajo el sacrosanto manto de la palabra ARTE.